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existe la terapia social

 

¿Existe la terapéutica social? 

Terapia/Intervención/acompañamiento

            “Terapia” es un concepto de la medicina cooptados por las clínicas auxiliares de aquella y las llamadas alternativas (mezcla de curas espiritistas, fideistas y seudo científicas) quienes se atribuyen el término sin dificultad. El trabajo social se impone a sí mismo no operar terapéuticamente. Se afirma: el trabajador social no cura; interviene o en el mejor de los casos, acompaña.

El concepto “terapia” entre sus posibilidades etimológicas indica: “servicial, que cuida de algo o de alguien; yo cuido, hablando de enfermos y del médico. Terapeuta es el servidor.”[1]  Para el diccionario citado enfermo es el descendiente semiculto, es el débil, endeble, impotente. El trabajo social cuida, no en el sentido médico pero cuida, es un servidor y su objeto tiene características que asemejan al enfermo. Para saber si el término “terapia” es usado correctamente en trabajo social debemos resolver si “enfermedad” se aplica al intrincado social. La pregunta es: ¿se puede nominar enfermedad social? ¿Terapia social es un eferente metafórico? Si un sujeto está enfermo y se reestablece podemos decir que la terapia es la cura, también que su estado se modificó, por lo que la cura es el medio para la novedad.  El medio que procura la evolución en la situación, ¿no es factible llamarlo terapéutico? 

La construcción de las metáforas colindantes al discurso médico ha sido uso paradigmático de varias profesiones. La medicina trabaja con el cuerpo biológico, el psicoanálisis con el cuerpo erógeno, la sociología aborda el cuerpo social, etcétera. El tiempo modificó la significación del término “cuerpo” permitiendo en su uso frecuente dejar el lugar de la metáfora al lugar del sentido; ¿cabe la posibilidad que lo propio ocurra con el significante “enfermedad”?

            El concepto intervención, ¿qué intención semántica pretende para diferenciarse de terapia? La palabra intervenir también tiene sus bemoles. Intervenir significa:”Tomar parte en un asunto. Interceder por uno. Interponerse entre los que pelean para calmarlos. Examinar las cuentas, vigilar la administración de una dependencia, institución, etc. Dirigir una potencia los asuntos internos de otro país. Tomar parte en un asunto. Interceder o mediar. Interponer alguien su autoridad. Dirigir, limitar o suspender una autoridad el libre ejercicio de actividades o funciones. Controlar la comunicación privada. Hacer una operación quirúrgica.; la pregunta en rigor es: ¿le cabe al Trabajador Social  “tomar parte en un asunto… interceder por uno…vigilar la administración…interponer a alguien su autoridad… limitar o suspender el libre ejercicio de actividades o funciones, etcétera?, ¿desde qué lugar se ubica para saber el qué y el cómo de la intervención? o como afirma Carballeda: “¿quién tiene el poder para originar la intervención y proseguir su desarrollo? O ¿quién paga la intervención?”[3] Intervención no es un significante muy feliz para la utilización cotidiana si se recuerda que los medios de comunicación, ciertas instituciones, gremios, sindicatos, universidades, etcétera fueron intervenidos por las dictaduras y a veces democracias de turno. Por otro lado “intervención quirúrgica” remite a lo terapéutico de dónde uno podría afirmar que cierto tipo de intervención es terapéutica del mismo modo que toda terapia es un modo de intervención.

Si la función del profesional es acompañar, este verbo parece antitético respecto al anterior: “Estar o ir en compañía de otro. Juntar, agregar una cosa a otra. Coincidir o existir simultáneamente. Existir o hallarse algo en una persona, especialmente una cualidad o habilidad. Participar en los sentimientos de otro. Ejecutar el acompañamiento musical.” En su visita a Mendoza, Samuel Karsz utilizó este concepto como parte de la función del Trabajador Social,  similar propuesta utilice al diferenciar los significantes “evolución y cambio”: “Con esta definición cuestionamos el rol del trabajador social como agente de cambio, el trabajador social es un acompañante activo en los procesos evolutivos o involutivos de los agentes con quienes actúa.”[4] El significante “activo” promueve los nuevos cuestionamientos; ¿hasta dónde acompaña el Trabajador Social? ¿Acompañar en la complicidad de un delito o de una actitud de desidia o de violencia extrema? El Trabajador Social debe ser activo en su proceder por lo que el acompañamiento no puede ser sino interviniendo siempre sobre la base de alguna argumentación que de fundamento distinto al del vecino o amigo de café.

Concluimos; el acompañamiento activo o crítico es una forma de intervención, la intervención es una manera terapéutica, la terapia se promueve interviniendo, la intervención pude implicar un acompañamiento activo, de donde esta discusión no parece tener mayor trascendencia. 

Pero la tiene, el problema surge como efecto de la indiferenciación y falta de definición entre el objeto de intervención y el objeto de conocimiento y para resolverla proponemos cinco vertientes a indagar: 1- definir cuál es el objeto de intervención; 2- definir si existe o no la especificidad; 3- definir enfermedad social; 4- definir la existencia o no de un objeto de conocimiento y en caso afirmativo, si el objeto de conocimiento es meramente especulativo (en ese caso no podríamos hablar de terapia sino de argumentación política o filosófica) o si el objeto es la construcción simbólica de una práctica (entonces podemos hablar de acción) y 5- en el caso de existir la enfermedad social y que el objeto de conocimiento no sea una mera especulación; ¿existe la terapia social? 

1. El objeto de intervención

Cuando se elaboró la idea de objeto de conocimiento se laboró el concepto en tres registros; imaginario, simbólico y real. Pensar el objeto de intervención implica esos tres niveles. Las modificaciones respecto a la definición del objeto de intervención podrían haber llevado tácito, estos tres registros. Salvando las orientaciones ideológicas-políticas que diferencian una posición estigmatizada de otra es posible que se haya comprendido como objeto de intervención imaginario a las configuraciones que la profesión aborda: familia, la pareja, el grupo, el sujeto, la comunidad, mientras que se ubica al objeto de intervención simbólico, definido y redefinido de muchas formas, desde necesidades básicas a situación problema, conflicto, obstáculo, etcétera. En verdad consideramos que el objeto de intervención en lo simbólico debe ser producido, significado por la diferencia espacial de abordaje de un profesional en relación a la Institución donde trabaja. El objeto de intervención perfila la especialización. Por su lado lo real de este objeto puede pensarse como el Licenciados Lobos propone en tanto detritus, resto, caída. Lo real sigue siendo aquello imposible que hace pivote de los dos anteriores, no deja de ser la cosa que en la intervención resulta imposible.

Como este autor se empeña en dilucidar la existencia del objeto de conocimiento no  puso mucho énfasis en este ítem, sin embargo se leerá en páginas sucesivas el intento de dilucidar Pareja, Institución y Grupo, como si hizo en el libro anterior con Familia,  buscando en cada uno de estos objetos de intervención la estructura mínima para la comprensión del objeto de conocimiento.

¿Por qué familia en Trabajo Social?

            La familia es una configuración consistente con la que el profesional se encuentra permanentemente. La eficacia simbólica que genera obliga a un estudio especial y a darle un valor particular para el Trabajo Social. De modo tal que anular “familia” como objeto de intervención por conflicto no alcanza y tampoco es correcto indicar familiar en conflictos. Por supuesto que la familia nos llega desde un conflicto, también es cierto que muchas familias en conflicto no solicitan ayuda. Ahora bien dilucidar el conflicto implica que no existe el conflicto sino cada familia con su conflicto y que detenerse en la razón directa del conflicto es retroceder una vez más al síntoma, tomado este como causa. Existe cada familia con su conflicto y la posibilidad de crear una instancia de elaboración implica pensar un genérico de familia que nos permita la diferencia específica de cada familia y de ese conflicto en particular.

            Para responder a la pregunta ¿por qué familia en Trabajo social? se hace necesario transformar una frase, un lugar común, en un interrogante: la familia ¿es la base de la sociedad? Y  contestamos taxativamente: si lo es.

            Durante el desarrollo de la humanidad en todas sus formas la sociedad generó una organización intermedia entre lo macrosocial y el individuo que tuvo sus diferentes formas y organizaciones pero que ocupó el lugar bisagra entre la organización social y el sujeto venido al mundo. Tribus, clanes, organización sindiásmica, punalúa, familia nuclear, familia aglomerada, familia monoparental, etcétera, (pensar las formas como modos configurales en permanente cambio si puede indicar que nos ubicamos en el registro imaginario) no han sido más que denominaciones de los diferentes sistemas que ocupan el mismo lugar en la estructura social. Esta organización ha sido y es un elemento bisagra entre el sujeto y la sociedad. La familia recibe de la sociedad las consignas culturales, ideológicas, religiosas, políticas, éticas, morales tratando de adaptarlas a su formación y actuando en consecuencia con aquellas. A la vez la familia contiene la plataforma interna donde actúa lo anterior imprimiendo pictogramas, improntas primarias o modelos protosociales por donde el neonato accederá y atravesará siendo imbuido y adecuado a una forma particular de vinculación y enlace. Entonces si es correcto tratar de usted a los mayores el niño tratará de tal modo a sus mayores, si es propicio lavarse los dientes todas las noches el niño seguirá las huellas de la cultura familiar. Cultura, ideología, ética, política, religión que refleja el modo en que el afuera espera al infante echo sujeto.

            Ahora bien, si la familia es base de la sociedad cabe preguntarse entonces de manera necesaria: la familia ¿es base de la enfermedad?

            Y la respuesta taxativamente retoma la afirmación y por los mismo motivos. Puesto que si la familia acuna los modelos protosociales, improntas sociales, pictogramas funcionales, esta generación no se obtiene de manera enajenada a la cultura, ideología, ética, política, etcétera social sino que se ve afectada por la economía, situación geográfica, la situación política en cuanto a lo laboral, educativo, situación de exclusión, etcétera. De modo tal que cada familia toma del afuera al modo en que puede el mensaje y lo internaliza metabolizado por la situación propia del conjunto. De modo tal que cada familia interpreta el mandato externo de convivencia al trasluz de sus propia posibilidades generando una modalidad cercana o semejante a la expectativa social pero nunca al modo del ideal de aquella.

            Justamente es la particular configuración que cada familia logra la que será atravesada por el neonato y la forma de enlazarse al mundo estará regida por esa modalidad de configuración. En algunos casos los niveles anómicos de vinculación promoverán patologías individuales o sociales.  

Se considera importante distinguir ahora que existe cada familia en situación distinto a la situación de cada familia. El objeto se aborda considerando la situación pero no será esta determinante sino condicionante del modelo interno que los miembros de la familia construyen para sí.

2. ¿Existe lo específico?

En Trabajo Social se enseña a intervenir sobre el objeto. ¿Cómo?, de acuerdo a lo que cada profesional estudió como forma de abordaje. Entonces si se tiene un sistémico abordando el objeto lo hace como sistémico, si es uno de la escuela pichoniana lo hace como tal y si no es de ninguna lo hace asistiendo, en ningún caso se diagnóstica algo propio.

            Grupo es un modo de abordaje con varias técnicas de aplicación. Los modos son varios y para cada uno responden técnicas particulares: grupo terapéutico, grupo de reflexión psicoanalítico, grupo operativo, grupo de estudio o reflexión, grupo de recreación; se diferencian y deberían aplicarse de acuerdo al diagnóstico logrado. ¿Sabe el Trabajador Social distinguir la conveniencia o no de cada una de estos modos?, ¿sobre la base de qué diagnóstica el modo de grupo? Si en un barrio hay violencia marital en varias familias, se puede convocar a las parejas para realizar un grupo; ¿de qué? Para saber diferenciar es necesario conocer las diferencias de los modos técnicos de abordaje grupal por un lado y también de cómo realizar el diagnóstico para saber seleccionar cuál modalidad es la necesaria. La cuestión que cabe ahora es: ¿cómo ingresa el diagnóstico de un problema si no es visualizando la posible solución? y ¿esa solución es terapéutica en sentido metafórico o es intervención? Más todavía, si se inicia un grupo en cualquiera de sus acepciones se hace necesario saber evaluar el proceso grupal. Una cosa es el proceso grupal pichoniano para grupos operativos, otra para los grupos de reflexión, otra para los grupos de reflexión psicoanalíticos y otra para los terapéuticos, etcétera. Un Trabajador Social, si ha estudiado la especialización, puede saber evaluar estos grupos. Como ejemplo, estudió psicodrama, lo aplica y lo evalúa, pero lo propio también tiene que estar diagnosticado, y lo propio no remite ni a la técnica ni a la especialización sino a lo específico.

La defensa a la indefinición, tal como la he podido colegir, se fundamenta en las posibilidades para la profesión ubicándola como construcción transdisciplinaria, incrementando las áreas de investigación y conocimiento.          Interrogo esta dirección y por el contrario me dirijo en sentido opuesto. Es un hecho que para que haya intercambio se hace necesario tener algo para dar a cambio y debe haber cierta correlatividad en ese intercambio. Desde que Foucault desenmascaró la palabra disciplina, lo disciplinar, el disciplinar, parece una mala palabra asumir la necesidad de disciplinarnos. No veo objeción en tener disciplina para compartir, porque si la inter o trans son etapas superadoras de la primera, el trabajo social se esfuerza por saltar etapas pretendiendo una conformación o igualdad de derechos con las otras disciplinas allí donde lo que tiene para aportar son técnicas y para más prestadas. Como si la ley del desarrollo desigual y combinado de Trotsky se hubiese establecido en las profesiones, nosotros pretendemos la dictadura del proletariado sin siquiera tener campesinado feudal.  Feinman comenta en su libro “La filosofía y el barro de la historia” que la filosofía latinoamericana es periférica de la eurocentrista. Nosotros queremos hacer periferia sin conocer el centro. 

3. ¿Existe la enfermedad social?

En mis libros anteriores desarrolle dos conceptos que facilitan la comprensión de la cuestión. En el Lazo Social I tomé el concepto metástasis de la medicina para describir situaciones sociales que podían ser leídas en analogía: “Supongamos entonces al cuerpo social como un cuerpo humano, supongamos que en un sector de la sociedad degenera su conducta no por un problema de velocidad en su reproducción sino por un accionar que implica un control particular sobre esa degeneración que hace antieconómico el accionar social, dicho de otro modo, el gasto para su control obliga a quitar recursos de otras áreas provocando una depresión o succión de lo social a favor al campo degenerado. Supongamos que por esta causa o por lo mismo que produjo el campo degenerado surgen en otros sectores campos similares. Veamos entonces un cuerpo social donde un fenómeno se ha reproducido en distintas partes o provincias del mismo modo, (villas de  emergencia, grupos consumidores de droga, marginalidad con cultura propia, etcétera) lleno de manchas o protuberancias que consumen las partes “sanas” de ese cuerpo. Podríamos decir que estamos frente a un cuerpo social con cánceres en metástasis. Pongamos como ejemplo a la sociedad argentina: una Justicia, un Legislativo y un Ejecutivo corruptos e ineficaces, “chupan” recursos comunitarios (sueldos, viáticos, prebendas, sobresueldos, coimas, etcétera), a cambio de incapacidad, improductividad, ineptitud. Bolsones de pobreza que provocan grupos delictivos como recurso para la vida: secuestros, robos, tráfico de drogas, prostitución, prostitución y venta de menores, etcétera. Grupo de empresarios, comerciantes evasores. Cobertura social que se retroalimenta a sí misma sin dar servicio. Nos encontraríamos con un cuerpo social lleno de manchas cancerígenas y a la vez en metástasis.”[5] En el libro II, sobre el tema psicopatía nos definimos taxativamente: “De cualquier modo, y a diferencia de Marietán, nosotros diremos que una configuración con modalidad psicopática si es un pathos social.”

Detectamos entonces dos instancias que denominamos patológicas, el cáncer social en metástasis y el psicópata que afectan a pequeñas células que son nuestro objeto de intervención denominado familia. La salida al problema mega social es responsabilidad de la política social del estado, nosotros actuamos con el caso que recibe la afectación de la política social productora de cánceres con su incapacidad para subsanar por un lado y por otro, cuando el caso se presenta como efecto o producto de la manipulación en violencia, abuso, estafa, incesto, violencia sexual de parte del psicópata, a quien no tratamos pero sí al conjunto afectado por su actuación.    

4. La indefinición del objeto de conocimiento  

“El no ser es porque el ser es”  

Escribió Parménides: “el ser es, el no ser no es”[6]. Este verso leído en el siglo XXI suena a una perogrullada que sin probar nada afirma de manera absoluta. Parafraseemos a Parménides con elementos más modernos: “el ser es porque es ahí, el no ser no es porque no es ahí; el ser es para si porque es ahí ya que es, el no ser no es para si porque no es ahí ya que no es”.  Este tipo de construcción podemos relacionarla con el concepto ateo. El ateo es a condición de “teo”; no puede ser “a” sin considerar a “teo”. No es una contradicción ni siquiera es una paradoja es una forma de poder definir lo indefinido. Lo indefinido es a condición de lo definido. El campo de la indefinición es el campo de lo real aún no abordado por lo simbólico. Es un pedazo de verdad que falta al saber, lo que de cualquier modo surge como irremediable. Lo real siempre estará allí para demostrar que el saber se escribe con minúscula, que la verdad es relativa a ese saber y que la Verdad es imposible aunque no inexistente, está siempre esperándonos para escabullirse nuevamente. La indefinición del campo social del Trabajador Social es propia y producto de su definición, es decir, lo indefinido es aquello que falta a la definición. Por lo tanto, siempre hay un indefinido en cualquier campo de la ciencia que quiera crecer, lo indefinido como real no está en cuestión, lo que está en cuestión es como procurar mayor definición del campo aún no definido.

            Ahora bien, cabe preguntarse por el campo definido, ¿existe ese campo? La reiterada pregunta del profesional en la casuística nos da la pista. Frente al caso, el profesional en trabajo social se indaga ¿qué hago? Pregunta que puede sugerir: impotencia, incompetencia, ignorancia, comodidad… pero también una pregunta referente a un agujero aún no semantizado. Si al ¿qué hago? le agregamos ¿qué pienso?, esta semántica aporta, para quien quiera investigar, un saber. El saber que existe un campo dentro de lo social que carece de acción y de especulación pero que como campo se muestra en esa ecuación.

            El objeto de conocimiento resistido por el Trabajador Social es la respuesta a dicha ecuación. El “¿qué hago/qué pienso?” es la fórmula interrogativa a un vacío. En este caso es un vacío factible de llenar porque comienza a ser cubierto por la interrogación. “¿Qué hago/qué pienso?” no remite a la nada, no es un interrogante nihilista, es un interrogante que inaugura un nuevo saber sobre lo real. Situarse en que dichas preguntas carecen de respuestas porque el campo social del Trabajador Social es indefinido es huir de la pregunta. Al menos deberíamos tener el coraje de enfrentarla para concluir con certeza lo anterior. La madre introduce al niño, al modo de una violación, el lenguaje. Primer instrumento socializador del sujeto para incorporarse al mundo. Se trata de aprender a hablar porque el habla es un acto para el Otro, es una razón social de inclusión, se trata de saber escribir porque se escribe para el Otro, dejando al sujeto a merced del lector, desadueñado de sí, parafraseando a Sastre “el mundo nos toma conciencia”; pero también se trata de saber escuchar y de saber leer. El trabajo social no puede solo hablar y escribir. En nuestro caso, ejerceremos violencia por interpretar a condición de permitir que nos generen la violencia de tener que escuchar, leer. ¿Pero leer qué, escuchar qué?

            El único que se indaga ahí es el Trabajador Social puesto que es él el único que “es ahí”. El Trabajador Social está en el lugar del “¿qué hago/qué pienso?”  en sí y para sí que su propia práctica formula, y no en un “¿qué hago/qué pienso?” convencional.

Aún que la sociología se atribuya hoy en día incorporar su investigación en el campo cuando aborda grupos familiares o comunidades analizando el fenómeno de la desocupación con familias de desocupados o el fenómeno de las tribus urbanas o el fenómeno barrial de la adicción,  su fin es plantear una hipótesis que abarque al conjunto y no a la parte. La psicología terapéutica aborda el uno a uno y aún que hayan ingresado al campo social del adicto, del alcohólico, del desocupado, del trasgresor, etcétera, su tarea tiene como fin dar cuenta de su conducta y en el mejor de los casos del mundo interno que lo rige. De cualquier modo, el floger, el adicto, el desocupado; o son voceros del modo familiar que lo produce y/o promueven una dinámica interna en su grupo de pertenencia que hace colisión con la fuerza social que lo entorna y la colisión nos da un conflicto particular, un conflicto social.

El problema social con el que nos encontramos es la resultante del choque de fuerzas. Esa resultante ocupa una zona gris y adviene al lugar del “que hago/qué pienso”; espacio que puede tener valor simbólico si quien está allí es capaz de nombrarlo. El hecho social –como fuerza social- opera y afecta a las configuraciones u objetos de intervención del trabajo social. El hecho psicológico muestra el modo particular que tiene el sujeto o configuración de metabolizar la afectación y la operatividad de la fuerza social. Este punto de interjección donde coliden ambos elementos produce el elemento capaz de dar muestra del modo de socialización. Si una familia pide ayuda a un Trabajador Social por problemas de su dinámica interna, la demanda está dirigida a “eso” en donde el Trabajador Social se sitúa. Aunque se detectasen problemas psicológicos, lo cual serviría para derivar o generar un equipo de intervención interdisciplinario, si la demanda llega al Trabajador Social es porque se pide a aquello en que el Trabajador Social interviene, dicho de otro modo, la familia no pide ayuda psicológica, pide ayuda allí donde la resultante lograda disfunciona ya sea por sí o por efecto de la propia sociedad.

El Trabajador Social no hace sociología, no interviene en el fenómeno de las barras bravas, no interviene como mediador de huelgas, no interviene ante las anomias educativas de los medios de comunicación, tampoco los investiga, toma de la sociología aquel saber y lo incluye en su intervención para medir como aquella afecta y opera sobre la configuración. El Trabajador Social no hace psicología, no aborda las conductas, no aborda las patologías, pero sí se dedica a ese uno incidiendo sobre su grupo y el modo en que ese grupo se enlaza con su miembro enfermo al mundo. Lo que se aborda es la resultante del juego de fuerzas, resultante que enlaza, lía. Cuando tenemos un grupo afectado por un miembro que padece adicción, ni la sociología está allí con ese grupo, ni la psicología que trata al adicto está allí con ese grupo. El que está allí en el conflicto cotidiano entre la fuerza del sujeto enfrentada a la fuerza de la familia o de la familia con el entorno o la del entorno con la familia, es el Trabajador Social. Esta zona gris que trato de mostrar carecerá de significación en cualquier grupo inter o transdisciplinario porque el único que la percibe, que está ahí, que puede conceptuarla es el Trabajador Social y a esa zona gris la denomino “lazo social”.

Estar ahí; ¿dónde?

            Cuando el Trabajador Social encuentra en una familia el incesto naturalizado, se enfrenta a una forma cultural y a su vez a una fuerza social que irrumpe frente a la forma cultural y a la fuerza social que el representa. Si a su vez la niña o la madre de esa niña denuncian al padre, el conflicto de fuerzas en su choque se incrementa. Ya no está en juego la moral e ideología del profesional sino que es la misma familia que hace representación de la fuerza social opuesta a la primera. Cuando el profesional aprende del joven trasgresor quien robando cuatro neumáticos en veinte minutos obtiene 200$ y ello es mejor a los 70$ de subsidio al mes a cambio de una serie de actividades nunca pretendidas (estudiar o trabajar), surge nuevamente el conflicto entre las fuerzas sociales: las del joven, sus socios, sus compradores, los compradores de los compradores por un lado, y la ley, la norma social de convivencia de la víctima y de su representante el profesional. O cuando la familia de la niña de 15 años pretende abortar su embarazo se exponen a enfrentarse a la ley. Nos encontramos con fuerzas sociales donde chocan intereses, ideologías, creencias, moralidades, aunque en rigor y mucho antes que aquellas, estamos frente a posicionamientos del sujeto frente a la cosa social y de la cosa social frente al sujeto. La ideología o moral no determinan la posición frente a la cosa, el modo estructural donde el sujeto quedó instalado determinan el modo ideológico o ético de aquel. Este choque de fuerzas promueve una resultante. La resultante es, tal como lo indica la matemática, no la suma sino la forma conclusiva del choque. Esta resultante la leemos en la forma de lazo social enhebrado entre las partes y que traduce la afectación y operatividad en ambas. 

            La diferencia particular de nuestra casuística en relación a la salud mental se observa en la afectación y operatividad que tienen en y por lo social la configuración. Los ejemplos anteriores o los ejemplos que abundan para los colegas que asumen cada problema como caso llevan las vertientes patológicas anteriormente descriptas; 1- o son producto de una conformación política que genera los cánceres o 2- son producto de una psicopatía que produce la disfunción y agregamos: 3- son las anteriores entremezcladas, 4- son producto de anomias culturales de las que el estado no sabe hacerse cargo o 5- son producto de crisis ocasionales porque la novedad impulsada por la fuerza social quiebra la armonía o equilibrio logrado en la configuración. A esta última no necesariamente la ubicaríamos del lado de lo patológico.

La primer respuesta al conflicto “¿qué hago/qué pienso?” es entender primero “¿de qué se trata?”. Se trata de una afectación social que promueve una deficiente o dificultosa operatividad. Del conflicto entre el juego de fuerzas sociales, la externa a la configuración, al objeto de intervención y la interna de aquella que dan un resultado no siempre productivo al quehacer social y de la consecuencia: como incide ello en los lazos sociales. La resultante equivale al lazo social alterado por el juego de fuerzas.  El llamado, la demanda está dirigida a nuestra profesión. No es verdad que nosotros seamos una alternativa económica al psicólogo, somos una alternativa diferenciada.

El lazo social es, valga la redundancia, social, histórico y estructural. En tanto social e histórico es anterior a los sujetos, en tanto estructural tiene sus elementos que lo componen.

5. ¿Existe la alternativa terapéutica?

            Nosotros postulamos al lazo como patológico cuando la función paterna carece para equilibrar el juego de fuerzas sociales. Dentro de la estructura del lazo social las fuerzas sociales  se imbrican en las fuerzas activas y pasivas del Poder y estas deben encontrar equilibrio en la función paterna. A los modos de terapias tradicionales le incluimos la razón de aquellas, el diagnóstico al lazo social, y además hemos sumado a los modos tradicionales de intervención dos posibilidades más en cuanto a actividad y productividad: salidas traumáticas por un lado, medidas no convencionales por otro. En los casos muertos o crónicos ofrecemos la idea de salida traumática, lo que implica una forma quirúrgica de acción. Una amputación necesaria a la configuración. Los casos no convencionales pueden ser complementarios de los anteriores o propios de un abordaje sin necesidad de realizar cirugía alguna. Para ello se requiere la creatividad del profesional que debe asumirse como primer recurso de solución, esto significa ser el primer inventor de la medida no convencional, o sea, original, creativa, especial para el caso y que lleva como fin la reinstalación de la función paterna por un lado y la transferencia o derivación de la función y de la instancia creativa al otro. Es decir, que el otro se adueñe del recurso o sea, introyectar la función paterna activa y explotar, hacer luz de la creación, capacidad inventiva del otro para insertarse productivamente al mundo.

¿Reinsertarse o insertarse?

            Otro concepto para repensar el glosario estándar. Existen políticas estatales para la reinserción de la población paradójicamente conclusivas de las propias políticas estatales excluyentes. Mientras el estado acepte al capitalismo como sistema económico para el país, la exclusión será condición del sistema. Un sistema capitalista necesita de la mano de obra barata, necesita de la amenaza permanente al trabajador sobre las colas de miles de personas esperando su puesto de trabajo, de la competitividad del sector trabajador entre trabajadores como forma de domeñar al explotado y a la vez, detener los conflictos de intereses de clases. Las políticas de reinserción resarcen en paliativos los efectos de la política económica de exclusión. Se observan diferencias entre reformistas y liberales puros, los primeros se hacen cargo de lo generado por los segundos, los segundos elaboran una especie de darwinismo social como políticas de estado.

Desde nuestra propuesta de intervención postulamos que la necesidad de reinserción surge del estado que no sabe como detener la acción anómica del excluido y que cree que con subsidios, estipendios, “trabajos”, obligatoriedad de estudio y de salud pueden logran dichos objetivos. A diferencia de la demanda de reinserción propia del excluido, quien a través de sus conductas anómicas o desesperadas grita a la sociedad por su inclusión. La tarea del Trabajador Social consiste en reordenar al sujeto a lo social pero no procurarle la inclusión sino motivarlo a que explote sus propios elementos para ingresar al sistema. No importa si es de manera convencional u original, importa que su deseo sea estar incluido desde su propia diferencia. Entonces, así como las murgas, los artesanos callejeros, en su momento el trueque, o cualquier otra manifestación social sirvió para que el sujeto excluido del mercado laboral y, como consecuencia del sistema capitalista, se incluya, así pueden existir tantas alternativas como sujetos que logran crear ya sea un servicio, una mercancía o algo que tenga valor de uso y de cambio.

Se me transmitió el decir de un profesional de otra disciplina: “el objeto del trabajo social es no tener objeto”.  Este decir debe ser pensado en la doble acepción de la palabra objeto. Objeto por cosa, objeto por fin, finalidad. La finalidad del trabajo social es no tener finalidad. La gravedad de la frase se sitúa una vez más en la preparación profesional. El fin de un accionar no es un devenir, es ni más ni menos que el tope de la profesión, el tope dibuja el perfil. ¿Cuál es el fin? ¿Un interventor, un terapeuta, un analista? Si el fin es diagnosticar aquello que obstaculiza o interfiere en los lazos sociales, esto último deriva en la necesaria teorización del objeto de conocimiento, puesto que lazo social no puede ser una logomaquia al modo de socialización, re-educación, etcétera. 

Y si aquel es el perfil diferenciamos en la función profesional: a- darle la respuesta al problema equivale a asistir, intervenir al modo de la dictadura; o b- de acompañarlo críticamente en su propia propuesta, es ayudarlo a pensar qué tiene para dar, cómo lograrlo y cómo ofrecerlo.

En síntesis existe la terapia social porque existe la enfermedad social y este es el campo que debe definir cada el Trabajador Social porque es allí donde se justifica su especificidad.               

Satisfacer la demanda material: ¿dávida o terapia?

            Propio de la profesión está el estipendio, la ayuda material y todo tipo de material para facilitar la ayuda a la situación emergente del sujeto demandante. El desarrollo del Lazo Social no pretende una teorética, tampoco se pretende como una adherencia a la teoría del lenguaje. Es un intento diferenciador para el profesional de poder pensar su intervención desde otra perspectiva. En consecuencia, no se trata de anular lo obtenido sino de darle una significación que se apropie de la profesión.

            El recurso material tiene como equivalencia la pastilla del médico. La palabra sola no cura al igual que el objeto material solo no cura. Proponemos la idea de que el objeto debe incluirse de manera estratégica en la demanda y no de manera masiva para desinstalar el caso del profesional. De modo tal que la ayuda material debe estar encauzada por el diagnóstico y dosificada de acuerdo al proyecto de intervención. Desde la perspectiva del lazo social se trata de reinstalar la función paterna en los grupos problemas a los fines de introyectar en ellos la función y entonces sí, despegar del grupo, darle lugar a la propia autonomía. Ahora bien, ciertos grupos con problemas alimenticios, de trabajo, de vivienda pueden recibir la ayuda inmediata del trabajador social dado su inserción institucional. ¿Por qué no hacerlo? La diferencia que intentamos proponer es que el recurso material debe tener valor de interpretación, debe resignificarse como simbólico. No estamos diciendo que con el litro de leche se deba educar sobre las propiedades nutricias del lácteo sino ir más allá de ello. Lo que se juega en la entrega del objeto es un ordenamiento que obedece a la función del interventor. Medir el grado de aceptación de la función ordenadora, el objeto material debe estar a disposición del proceso terapéutico y no de la inmediatez. El objeto, la pastilla del médico, debe ser hablada, debe ingresar como discurso al conjunto del discurso colectivo e individual. En tanto tal no es dávida, es parte del proceso de curación. Por lo tanto, lo externo, lo objetivo, pensado por la tradición educativa del Trabajo Social no debe perderse sino sumarse. Que el trabajador social vaya hasta la vivienda no es para realizar una simple descripción de aquella, que tenga a su alcance medios facilitadores para ayudar a un grupo no debe pensarse como resabio del accionar filantrópico y religioso del trabajador social sino como parte de sus instrumentos de trabajos. Instrumentos materiales –cosas- que dejan de ser eso allí donde la cosa pasa a tener valor significante. Valor éste que debe someterse al proceso de intervención terapéutica que está dirigida por la hipótesis diagnóstica.       



[1] “Breve diccionario etimológico de la lengua castellana.” Joan Corominas. Ed. Gredos. 

[3] Carballeda, Alfredo.: “Del desorden de los cuerpos al orden de la sociedad.” Espacio. Bs. As. Pág. 173

[4] Marchevsky Carlos.: “Lazo Social II”

[5] Marchevsky, C.: “Lazo Social I. Pág.84

[6] Parménides: “Sobre la naturaleza”

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